
En los 150 kilómetros de costa de Bizkaia la belleza del paisaje no da tregua al visitante, se suceden acantilados rocosos desde los que se domina la inmensidad del Cantábrico, playas de arena fina bordeadas de arbolado y rías.
Pero el protagonismo costero lo ejercen esas hendiduras abiertas en las entrañas del litoral, al abrigo de las cuales se asentaron desde antiguo los puertos pesqueros; en ellos tradiciones y medios de vida forman un todo que se hace palpable en el colorido y la disposición de las construcciones, en las fiestas y, cómo no, en la gastronomía.
Pese al gran atractivo de los municipios próximos al mar, el interior de Bizkaia no queda a rezagado en cuanto a rincones de gran interés, ofreciendo al visitante una amplia gama de verdes parajes y elementos arquitectónicos de extraordinaria belleza que esconden siglos de historia.
Es el caso de los pueblos que componen la comarca de Durangaldea, un valle que guarda las esencias de la Bizkaia rural, donde se compaginan los cascos históricos de estructura medieval con villas señoriales dotadas de hermosa arquitectura, un lugar donde la naturaleza fue generosa y que siempre es recordado por la imagen de sus continuas cadenas montañosas y abundantes bosques de color verde. Un paisaje rico por su abundante vegetación y de caprichosos contrastes colorísticos.